
Los viernes por la tarde, Retiro tiene algo de puerto de ultramar… pero sin barcos. Todo el mundo parece estar regresando de alguna parte y, al mismo tiempo, huyendo discretamente hacia otra. Entré a la estación del Belgrano con esa satisfacción modesta del que ya cumplió con la semana y sólo pretende llegar a casa.…

Buenos Aires tiene una relación bastante particular con los libros. Los compra, los vende, los subraya, los presta con optimismo, los reclama sin éxito, los hereda, los acumula y, llegado cierto punto, empieza a llamarlos “raros”.

Apenas uno se acerca al Edén Hotel, tiene la extraña sensación de que el edificio ya lo estaba esperando. No parece limitarse a recibir visitantes: los observa con cierta paciencia centenaria, como si quisiera averiguar cuánto saben antes de decidir cuánto está dispuesto a contarles.

Tarde de invierno. Iba caminando por Corrientes con un objetivo bastante modesto —probablemente tomar un café, que es una de las formas más dignas de no hacer nada— cuando levanté la vista y descubrí que cuatro hombres estaban colgados de la fachada de un edificio.

De Zúrich a Milán hay varias maneras de viajar. Nosotros elegimos una que incluía atravesar los Alpes en ómnibus y pasar un buen rato debajo de una cantidad de roca suficiente como para desalentar cualquier pensamiento liviano.

Eran todavía las nueve de la mañana y la Plaza San Martín tenía ese aspecto extraordinario que adquiere Buenos Aires cuando la mayoría de sus habitantes todavía duerme: todo parecía funcionar con una corrección sospechosa. No había bocinazos, nadie discutía con un colectivero y hasta las palomas caminaban con cierta disciplina protocolar.

Creo que a todos nos pasa: muchas ciudades nos quedan en la memoria por una iglesia, una plaza, una comida inolvidable o algún paisaje que juramos no haber visto nunca antes. Con Bergamo me ocurrió algo bastante menos solemne. Yo la recuerdo, sobre todo, por un teléfono público. No es una metáfora. Era un teléfono…